Esta vez fuimos a la escuela del Cerro. Conversamos con niños de los sextos años. Algunos altos, otros bajos. Miradas pícaras, miradas serias. Los diálogos también son disimiles. No dejan de sorprendernos. Hablamos del valor de la palabra y de la capacidad de ver las cosas como si fuera la primera vez. Habían leído «Crimen en el Puente Mauá», compartían las preguntas del personaje. Las maestras me comentan que avanzan lentamente porque cada tramo de la novela les provoca inquietudes que se abren ante ellas para ser despejadas.  Antes de irme, me regalan una frase de Emily Dickinson. Yo les regalo un poema de la misma poetisa, que, como el personaje de la novela, Lucila Cienfuegos, se mete con los sueños.

Un sueño largo, largo, un ya famoso sueño…

Un sueño largo, largo, un ya famoso sueño,
que señales no da de que se está acercando el día,
pues no mueve ni un párpado el durmiente:
un sueño independiente y apartado.

 

¿Pereza como ésta se vio nunca?
En orilla de piedra,
bajo el calor, dejar pasar los siglos
y ni una vez mirar si el mediodía llega.

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